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"Si pasa, pasa": No pasaron y no pasarán

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Anoche, una noche hermosa y fría de mayo, una inmensa luna llena más blanca que nunca miraba enamorada a una Plaza llena como nunca de pañuelos blancos. Difícil olvidarla, su belleza nos enamoró a los que estábamos, vamos a volver a encontrarla, ahora y siempre.

La manifestación política más grande de las últimas décadas marca un saber, el de haber atravesado el horror y seguir de pie, alertas que caminan.

Como decía el domingo Alejandro Kaufman, sí, hay una certidumbre, eso lo saben los organismos de derechos humanos, porque son los que vivieron al borde del horror, muchas veces sobrevivieron al horror directamente, saben algo, no solamente resistir, saben lo que ocurrió y saben trasmitirlo, saben dar testimonio de eso, saben convertirlo en una política. Y eso es lo que han aportado a la sociedad argentina, eso es más importante que lo que pase con las condenas.

Anoche entre los cientos de miles que fuimos ahí y en otras Plazas de la Argentina construimos una enorme victoria colectiva, que vino ayudada por la fuerza de esas mujeres hermosas como la luna. Qué dulce es escuchar sus voces, qué lindas son, cuánto amor nos cobija desde ellas, qué privilegio compartir una Plaza, una época con estas dulzuras de la historia.


El macrismo sufrió ayer una derrota política estrepitosa. Disponen de todas las cajas del estado, de los fierros mediáticos, de los fierros asesinos de la cana, de la mayoría de los jueces, de políticos vendidos y sindicalistas corruptos, de un montón de mamertos funcionales fijados a la crueldad y el cinismo, pero con todo eso no pueden evitar una derrota política como la de anoche. No vamos a perder tiempo alegando lo que está a la vista, hace una semana creyeron que con el voto de tres mandaderos podían quebrarnos la voluntad y unos días después tuvieron que dar el brazo a torcer. Si hasta un cretino como Pichetto, que hizo posible entre tantas cosas horribles que un par de esperpentos entrados por la ventana por macri usurparán dos lugares en la corte desde el que pueden poner en vilo los derechos de todo un pueblo, si hasta un cretino como Pichetto ayer sobreactuaba indignación contra los jueces de la ignominia, los que él votó, y decía que había que echarlos a patadas, reptil del poder, Pichetto, advirtió cómo venía la mano del poder popular. Todo el senado lo advirtió e incluso los partidarios del régimen que propicia la reposición de la impunidad genocida votaron contra la corte que solo hizo lo que ellos les mandaron. Ayer los congresistas que vienen defraudando a quienes los pusieron en sus bancas encontraron el límite que les pone el pueblo en la calle, con unas mujeres hermosas al frente.

El macrismo está obligado a hacerle pagar todo el costo de su derrota a esta corte que hizo lo que él le mandó a hacer. ¿Encontrarán en el futuro otros jueces que se quemen de manera tan patética o se verán obligados a respaldar a los hoy chamuscados porque no hay otros que quieran inmolarse como estos lo hicieron? Y mientras resuelven el dilema no sencillamente, ¿con qué nueva morisqueta mediático-judicial querrán distraernos?

En todo caso, hagamos un poco de memoria nomás: esta foto es de hace 6 semanas:


Hablemos un poco de la derrota y sus posibles intepretaciones: 1-enésimo intento de bergoglio y la iglesia amiga de la dictadura por traficar la reconciliación de las víctimas con los que no se arrepienten de sus crímenes; 2 -enésimo intento de la clase dominante de seguir impune por los crímenes de lesa humanidad con los que se beneficiaron, ahora que tienen en el poder ejecutivo a uno de los suyos y en la corte a sus mandaderos; 3 -enésimo intento conjunto de bergoglio y macri de reanudar el estado de impunidad para la clase dominante y la iglesia cómplice, ambos con buenos motivos personales para hacer otro borrón en la memoria; 4 -tienen la guita, los jueces, los fierros y los medios, y carecen de los escrúpulos, pero volvieron a no poder imponer la humillación popular porque en la calle volvimos a ponerles un límite, si pasa, pasa y no pasaron; 5 - en unos meses con otro envoltorio volverán a intentarlo.

Habrá que estar atentos. En marzo les asestamos cinco marchas inmensas al hilo y en abril hicieron de cuenta que eso no pasó y volvieron a darnos con todo. La cana tiene permiso para cagarnos a palos con cualquier motivo o sin motivo. Si el fallo de la corte de la ignomuiña sentara jurisprudencia, eso sería una señal de largada de otra ola represiva, peor que la que se están permitiendo en estos meses. No se reduce todo a que un viejo genocida pueda volver a caminar al lado nuestro, además se le señala a un potencial genocida que no le va a pasar nada. Eso es lo que está en juego. A eso es lo que les obligamos a senadores y diputados a ponerles una valla.



Más interpretaciones de la derrota: esta corte de mandaderos del poder está mustia y torcida como la cara de los cortesanos. La construyó macri en sus primeros días de gobierno a pura prepotencia, la convalidaron los mismos que ahora quieren darles la patada, pero la corte es un fusible quemado. No solo pasará como uno de los peores tribunales de la historia, sino que ya perdieron todo respaldo político, incluso de los que los pusieron para que hagan lo que hicieron. El régimen se fumó una corte por no medir la fuerza de sus adversarios, nosotros. Esta corte es un problema. Para todos. Ya tienen el espinazo quebrado, todos le perdimos el respeto, nueve de cada diez argentinos los detesta. ¿Tienen resto para intentar alguna otra canallada como la de muiña? Tendrían que dictar muchas otras sentencias tanto o más horribles que esta en los próximos meses, pero desatarían un espiral de desobediencia de final imprevisible. El macrismo tiene que denigrarla para salvarse del quemo, pero la necesita para seguir con sus fechorías.

Ayer antes de que le llenáramos la Plaza el gato se burló en Mendoza de los pañuelos blancos:



Una reflexión sobre la condena social y la autoridad popular. Unos días después del fallo fallado de la corte y unos días antes de la movilización de anoche que sacudió al poder,  Martín Rodríguez escribía en Panamá. No todo es política:

"Probablemente uno de los temas más difíciles y desafiantes de determinar sea esa zona donde derechos humanos y el sector de la sociedad civil involucrado se relacionan con la (perdón por las comillas) “gente común”, es decir, aquellos (muchos, mayoría) que no tienen un vínculo afectivo y simbólico con lo que pasó. Se escribió y pensó mucho al respecto, y muchos podrían con buenos argumentos pensar que es imposible que no haya “vínculo” entre cualquier ciudadano y la Historia, esa Historia. (...)

"Aunque como comentario lateral a esto, recomiendo y casi suplico, la lectura del libro de Sebastián Carassai (“Los años 70 de la gente común”), publicado por Siglo 21 en 2013. ¿Por qué? Porque a la vez, convivimos todos estos años con un sentido común que siente en esa exterioridad una ajenidad incómoda, como si los DDHH hubieran conformado una nueva “aristocracia de dolor” que detenta un monopolio de la fuerza simbólica. (...)". [Completo acá]

Vaya a saberse cuál es el ámbito en el que se dirime para Rodríguez la relación y la diferencia entre la "gente común" y lo que sin suerte llama "aristocracia del dolor".

Probablemente alguien pudo pensar durante los años kichneristas que la autoridad de las Madres, Abuelas y otros luchadores por los derechos humanos les fue donada por un forzamiento del estado para ubicarlas en el lugar que por sí solas no obtendrían. La gente común viendo la tele, el gobierno kirchnerista haciendo el negocio del país dividido y los organismos de derechos humanos erigidos en aristocracia del dolor como escudo simbólico. Es cierto: el estado kirchnerista las trató mejor que ningún otro, pero el poder a ellas nadie se los donó ni lo traen de ninguna cuna. Aristocracia las pelotas.

Si no es eso lo que Rodríguez quiso decir, podría buscar palabras más precisas. Estos meses y, sobre todo, esta noche, mostraron que el poder que emana de estas hermanas que son las Madres y Abuelas no viene del estado ni depende de un mecanismo de representación tortuoso que pudiera abolirse una vez que la gente común volviera a imponer su gentismo.

No hay gente común. Puede ser un título vendedor para un libro político de un escritor común o especial y hasta puede convertirse en un atractivo argumento de venta de una opción electoral cualunque. Pero nadie es más común que otro. Ese gentismo común está amasado por las mismas fuerzas de la historia, tan políticas para los cualunques como para aquellas singulares a las que el terrorismo de estado les asesinó a un hijo o les robó a un nieto. Todo es político.

Y no hay nada más alejado de la aristocracia del dolor que Madres y Abuelas. Ni su genealogía ni su conexión con el pueblo tienen carácter aristocrático. Muchas de ellas no tenían una conciencia política avanzada hasta que el estado les hirió la vida. Creo, como dice Kaufman, que las Madres y Abuelas vivieron al borde del horror, muchas veces sobrevivieron al horror directamente, y saben algo, no solamente resistir, saben lo que ocurrió y saben trasmitirlo, saben dar testimonio de eso, saben convertirlo en una política. Y vaya si saben: ayer todos los senadores y diputados les rindieron pleitesía, sindicalistas machotes que no permiten que "nadie les marque agenda" anoche se inclinaron ante la dignidad de estas viejitas hermosas y así ellos pudieron volver a caminar entre el gentío común o especial sin temor a que los linchen.

A ver, a ver: ¿de dónde creemos que salió ese vínculo político entre la multitud que le pone freno al régimen y las mujeres que ayer nos hablaban con esa voz tan dulce que en todos estos años endulzó nuestros oídos? Ahí hay una correa de trasmisión de poder que mantiene unidas las puntas del mismo lazo, de un modo que no se registra en otros ámbitos de representación, intendencias, cacicazgos u obispados. Esto no tiene nada que ver con la aristocracia ni con el dolor. Si hay un sector de la sociedad que hace política sin apelar al dolor, son las Madres y las Abuelas. Basta con tener un poquito de oído nomás para reconocer la alegría con que ellas nos hablan. No se llaman ellas "Madres del Dolor" sino Madres de la Plaza. Y el pueblo las abraza. Ni los obispos ni los niños bien, pretenciosos y engrupidos han podido con ellas. Dios quiera que las tengamos mucho tiempo y que sepamos infundirnos siempre de su alegría y de su saber.

Capaz no es exactamente lo que yo objeto lo mismo que Rodríguez quiere decir cuando opone la "gente común" a la "aristocracia del dolor". Pero él es un buen escritor y seguro que puede decirlo con palabras más justas. Porque mejor que decir es decir bien.

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